Juan Mediavilla Escritor

Juan Mediavilla
Escritor

En tiempos de crisis los viejos estamos de moda, todos los días en los medios aparecen noticias que afectan al colectivo de ancianos de este país. Las más importantes se refieren a la pérdida de derechos conseguidos a fuerza de cotizar durante muchos años de trabajo y que afectan sobre todo a aquellas personas que además de ancianos son enfermos. Y las menos importantes cuentan sucesos que protagonizan los viejos y que no interesan a casi nadie.

El otro día un periódico publicaba una noticia que a mí me indignó, pero que apenas tuvo incidencia en los medios y de la que no se hizo eco, por supuesto, ningún partido político, ningún sindicato y tampoco el Gobierno. El Mundo, periódico que se puede comprar en cualquier quiosco, titulaba a cuatro columnas:“Preferentes a enfermos de alzheimer”. En el artículo el periodista denunciaba que “Caja Cantabria había firmado un contrato con una mujer que padecía Alzheimer, para la adquisición de participaciones preferente, por importe de 37.000 euros, sin que la entidad le facilitase información suficiente sobre los riesgos que asumía con esta operación. El juez condenó a Caja Cantabria a devolver el dinero”.

Los viejos somos carne de cañón, presas fáciles para cualquier desaprensivo y más si, como en el caso de la mujer enferma, el director de la sucursal que mal la asesoró, era un viejo conocido. Ni la entidad ni los defensores públicos han dicho si han castigado al responsable o si van a tomar medidas para que no se repitan los casos, cada día más frecuentes, de abusos a personas mayores.

Sobre el tema del dinero que todo lo puede y todo lo corrompe, leí en el País Semanal una carta en la que una mujer enferma de 77 años, exiliada en Chile, se refería a unas palabras de Maruja Torres, “La ética tiene razón”: “Desde este otro exilio, el de la enfermedad que acompaña mi vejez, quiero expresar mi tristeza y mi indignación porque el mundo humano parece estar vencido hasta morder el polvo por la codicia del dinero”.

La vieja de la carta me contagió su dolor y me indignó porque es verdad lo que ella denuncia y porque es verdad que los viejos sufrimos en silencio las consecuencias de las políticas irresponsables de gobernantes y banqueros, sin que nadie nos defienda. Al final, aunque no se atreven a reconocerlo, todos están de acuerdo con Taro Aso, ministro japonés de finanzas, que insinuó que las personas mayores deberían darse prisa en morirse para aliviar los gastos del estado en atenciones médicas. ¡Qué dolor si estas palabras algún día se hicieran realidad!

Juan Mediavilla
Escritor

Alcorcón, Febrero de 2013

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